Taller 5: Leer el cuerpo, desde el cuerpo y con el cuerpo. Donde habitan la mayoría de las historias que nos conforman

Orientó: María Isabel Villada. Maestra en Historia y Memoria, doctoranda en Ciencias de la Educación, investigadora y promotora de lectura.
Relatoría: Jorge Argáez. Escritor, bibliotecólogo y mediador de lectura.

Durante este taller pensamos en el cuerpo y en cómo nos relacionamos con los demás, a partir del manifiesto Me declaro disca, texto que hace parte del libro Me proclamo disca, me corono renga de la escritora argentina Daiana Travesani. Travesani tiene dos fechas de nacimiento: 13 de octubre de 1992 y el 27 de octubre de 2016, año en el que adquirió una discapacidad, y, según una entrevista, el día de su nacimiento rengo.

El cuerpo como el primer libro que leemos, lleno de preguntas que arman un texto para ser leído por los otros. El cuidado y la empatía para leer a los otros desde su condición física y cognitiva. Este tema adquiere vital importancia para diversificar los públicos de nuestras bibliotecas. La labor de los mediadores no sólo debe incluir la creación de actividades que promuevan y animen a la lectura, también debe procurar elegir historias que amplíen el mundo propio, pero también que muestre otros, en este caso los de las personas con discapacidades.

El taller inició con una invitación a disponernos para la sesión: ir al baño, estirarse, dejar los bolsos fuera del alcance, escuchar música relajante.  En cada puesto encontramos un papel con un calificativo alrededor del cuerpo: mueco, viejo, flaco, obeso, bizco… La tallerista nos pidió escribir un dicho, refrán o frase que hubiéramos escuchado de la expresión al cuerpo que encontramos en nuestros asientos.

El espacio estaba compuesto por tres mesas, donde los asistentes compartimos las frases. El momento se convirtió en un espejo para encontrar los calificativos que le damos a nuestro cuerpo, para luego pensar en aquellas expresiones o palabras que producen el efecto contrario, es decir, que nos decimos para honrarnos.

Una vez terminada la socialización, la tallerista inició la lectura del manifiesto que inspiró el ejercicio. Este manifiesto —definido como una declaración pública de ideas y principios alrededor de un tema o persona— fue el formato que Daiana Travesani eligió para reafirmase con persona en situación de discapacidad. En una entrevista le preguntaron: “¿Existe algo así como pedagogías y didácticas inclusivas para personas con discapacidad, o todo lo que hay es ‘educación especial’ en función de la salud?”. A lo que ella dijo: “Para poder responder un poco, hay que empezar hablando del hecho de que nos criamos siendo educades desde una pedagogía de la normalización. Siempre cuestionando a quienes no encajan en los parámetros normativistas, problematizando sus formas de aprender y comportarse, de expresarse buscando disciplinarles para que entren dentro de los ideales homogéneos que tiene la escuela. Las instituciones educativas a lo largo de los años se han encontrado con que cada vez hay más estudiantes que no se ajustan a lo esperable de lo ideal o lo normal”.

Algunas ideas presentes en el manifiesto son un insumo para crear nuestro propio manifiesto, inspirados en el proceso de autoconocimiento y reconocimiento de la autora como integrante de una sociedad que, como anteriormente dijo, nos prepara desde la “normalidad”. Una de las frases más interesantes del manifiesto señala: “No soy una inspiración que debe hacer que te valores más, a tu cuerpo y a tu vida, porque lo que vos consideras como ejemplo de superación de obstáculos o barreras, yo lo llamo falta de accesibilidad…”.

Después de la lectura, se invitó a los participantes a tomarse una fotografía a la parte del cuerpo que los vinculara al manifiesto o a alguna de las siguientes frases:

“Lo que tú haces sin mí, para mí, lo haces contra mí”, Persona Disca.

“Renuncio a ser masa, que toma la forma que le ordenen”. Sofía Torres.

“Yo, ce, la impaciente, no soy solo una máscara, soy varias”. Cecilia Perézct.

“Mis brazos sabían hablar, es cierto, ellos tenían lengua propia, laringe, faringe, dientes, saliva”, Lidia Ocampo.

Después de la lectura, nos organizamos en tres grupos. Nos entregaron algunos insumos como cartulina, marcadores, revistas, papeles de colores, colbón en barra, tijeras; cada participante se tomaría una fotografía, escribiría y luego socializaría con sus compañeros de grupo para, finalmente, construir un collage juntos.

Había fotos de rodillas, de manos, piernas, rostros, oídos, entre otras partes del cuerpo. Algunas de las frases que acompañaron la reflexión y la socialización de los grupos fueron:

“Me declaro sordo. Escucho con mis ojos, con mi memoria, con mi olfato”.

“Nariz cansada de cargar lentes, con la capacidad y la agudeza de seguir distinguiendo los olores de la naturaleza; un perfil, una forma de verme y reconocerme diferente”.

“Las cicatrices de mi cuerpo hablan de mi vida, de las historias que me han atravesado”.

“Prótesis de rodillas / Volví a nacer… de nuevo puedo hacer lo que ayer no se me permitió”.

 “¡Me amo, me acepto, me gusto! Atte.: Yo”.

“Este dolor que hoy es solo mío / Que se revela / Que grita / Que pronuncia / un cansancio / que cuenta / de excesos / y nombra / el trabajo / de esta / mano / que escribe / limpia / cocina / resuelve / construye / levanta lo pesado / y no tiene tiempo / del reposo”.

“Mis pies cuánto has recorrido, como caminante eterno y cuanto más al futuro”.

Estos ejercicios harán parte de un cuerpario, término enunciado por la tallerista y que algunos asistentes relacionan con un diccionario alrededor del cuerpo que incluye confesiones y consignas sobre la discapacidad y la historia personal.

El taller finalizó con el videoclic de la canción “Yo” de la cantante Andrea Echeverri, integrante del grupo Aterciopelados, en el que define y expresa su dignidad por su historia como artista y mujer, el coro dice: “No quiero ser nada que no sea yo”.

El acercamiento de esta temática a los mediadores de lectura es muy importante para fortalecer los programas y proyectos que buscan integrar las discapacidades de carácter físico o cognitivo a los servicios bibliotecarios. Según la Organización Mundial Salud, el 15 % de la población mundial vive con un tipo de discapacidad.

Es necesario seguir documentando y tejiendo reflexiones que les permita a los mediadores pensar una ruta conceptual y artística al momento de crear una agenda cultural y unos servicios especializados que busquen, no separar a las personas en situación de discapacidad, sino acogerlas a las dinámicas habituales de la biblioteca; el reto es hacerlo desde la empatía y el respecto, adecuar no solo los espacios físicos, también el corazón y el pensamiento.

El taller comenzó con un sonido familiar, una voz daba vida al poema Cicatrices de Piedad Bonnett, que se abrió paso por el salón como una respiración lenta. Antes de cualquier definición, o de cualquier consigna, el verso dejó caer su verdad sobre cada asistente: las cicatrices primero duelen, luego adornan y, a veces, trascienden para convertirse en una memoria expandida del cuerpo.

Manuela Correa, la tallerista, llegó al encuentro como quien abre una puerta sin hacer ruido. Su trayectoria cruza la creación artística, la pedagogía y el trabajo con memoria corporal. Habla con la serenidad de quien ha aprendido a escuchar antes de nombrar. “Cada elemento de la experiencia vital atraviesa el cuerpo”, dijo, entonces fue palpable su pasión por traducir emoción en imagen y cuerpo en relato.

La jornada convocaba a hablar no solo de lectura, sino de cuerpos, memoria y marcas desde las que cada persona puede enunciarse o leerse. El objetivo del taller era justamente ese: explorar la mediación lectora como una práctica que no ocurre únicamente en la mente, sino también en la piel, en el estómago, en la garganta, allí donde las emociones hacen ruido.

En tiempos donde la lectura corre el riesgo de volverse cifra, indicador, estadística, este espacio propuso volver al pulso vivo de la experiencia. Pensar la mediación como un ejercicio sensible, territorial, encarnado; una práctica donde leer, crear y recordar se funden en una sola vibración.

Desde esta perspectiva, las bibliotecas se revelan no solo como contenedoras de libros sino como cámaras de resonancia de las memorias individuales y colectivas, donde cada cuerpo a su vez es una biblioteca humana. 

El cuerpo como archivo sonoro de la memoria

Desde el inicio, la idea atravesó el encuentro como un bajo continuo, una vibración que esperaba el momento adecuado para aflorar. Las cicatrices son la muestra más evidente de que algo nos pasó. Juliana Muñoz Toro lo dijo con una imagen precisa: “Las cicatrices son patrones propios, hacen que el cuerpo no se aplane”. Liliana Rendón, una de las participantes del taller, añadió otra resonancia: hay cicatrices que se cuentan desde la infancia hasta la muerte; algunas se esconden, otras se exhiben porque narran una historia.

Así, el cuerpo apareció como un archivo vivo donde el dolor, la ternura, el miedo y la alegría hacen su inscripción para narrar a quien lo habita.

Traducir un sentimiento en algo visual fue el primer acto creativo del taller. “¿En qué parte del cuerpo se guardan los recuerdos?”. Entonces comenzaron a sonar los primeros ecos íntimos. Manuela invitó a pensar dónde se sienten las emociones, el dolor de estómago, las mariposas, el nudo en la garganta. Las manchas, los tatuajes, las marcas: todo es cuerpo que recuerda.

Yis Gallego habló de la sopa de guineo que la devuelve a la guardería. Luckas Perro nombró el olor ajado de su abuelo, Magda Sánchez recordó las carreras, los brincos en la acequia, los diálogos inventados con sus hermanos. Alba León evocó el cloqueo de una gallina parturienta que se levanta a cobijar sus pollitos; hoy, al recordarlo, su cuerpo entero tiembla. Verónica habló de los sánduches en triangulitos en casa de su abuela.

Una a una, las imágenes aparecieron: la escena del velorio, el perro de la infancia, el árbol de lima: esa naranja que llegó tarde a la repartición del sabor. La memoria empezó a sonar en múltiples registros: olor, textura, movimiento, sabor.

Crear es hacer sonar el silencio

Luego fue el momento de plasmar un gesto concreto: ubicar los recuerdos en una silueta del cuerpo, darles color, emoción, temperatura.  El papel giraba como un rumor creciente. Entonces apareció la orquesta mínima del taller: el sonido de los colores vertiéndose sobre la hoja, el cuchicheo del tajalápiz rompiendo la madera, las tijeras abriendo caminos en el papel, el lápiz cayendo sobre la mesa, el estrujado del papel entre las manos. Las siluetas, que al inicio eran apenas una elipsis de lo que puede ser un cuerpo, comenzaron a llenarse de símbolos.

Veinte cuerpos creando producían un tejido sonoro que decía: aquí se está recordando.

“El cuerpo en creación puede algo que a veces olvidamos: la quietud”, se dijo al paso, citando a Spinoza sin nombrarlo: nadie sabe lo que puede un cuerpo. Ese día, se pudo habitar el silencio como un lujo compartido. La tallerista acompañó con gestos puntuales, ayudando a que la emoción deviniera en imagen, y la imagen, en símbolo. La memoria comprendida no es una cosa fija: “La memoria es una construcción en movimiento”, dijo mientras observaba crecer las formas con la paciencia de quien riega una planta.

Pero el cuerpo no es habitado solo por memorias, también lo sostienen los secretos. “Un secreto es una jaula, es un candado, es una puerta cerrada”, afirmó Manuela. En ese momento el cuerpo volvió a ser mapa: ¿dónde se ubica?, ¿qué color tiene?, ¿cómo se siente? Los cuerpos se acomodaron, hubo toses, suspiros, una respiración colectiva más densa. Los lápices regresaban al vaso como si fueran a dormir.

Después, fue el turno de las herencias, y, finalmente, de los sueños: entre cada ejercicio, las conversaciones paralelas abrían pequeñas grietas por donde se colaban risas, confesiones, silencios cargados de sentido. 

La palabra, el duelo y la mediación

En la socialización emergieron tensiones fecundas. “Qué chévere hacer presente cosas que se han quedado en el olvido”, dijo Alba. Por su parte, Liliana señaló que la percepción de una cambia con las edades atravesadas; el ejercicio, aunque repetido, nunca es igual. Doris López aportó una reflexión central: el cuerpo ha sido el gran ausente en la educación formal, y los procesos de mediación de lectura han revitalizado la corporalidad: “una lectura se hace con el cuerpo y con toda la subjetividad que se habita”, afirmó.

Ante la pregunta sobre cómo identificar historias y recuerdos ayuda a la mediación, surgió una respuesta casi coral: a veces somos números, a veces personas. Carolina Giraldo subrayó que la lectura opera como ejercicio de memoria que reconoce las narrativas que nos habitan, y que es en la palabra donde uno conecta con el otro. Luckas concluyó que los recuerdos flotan por capas superpuestas y que muchos están en la garganta.

Emiro Álvarez llevó la reflexión a un territorio poético clasificatorio: la vida ha sido de muchos colores; recordar también sirve para olvidar, para saber a qué lugares no se quiere volver. Hablar de tesauros arcoíris, de matices, luces, sombras, decires y sueños es, también, una manera de ordenar la experiencia desde lo literario. El encuentro cerró este eje con una afirmación poderosa: los textos son pretextos para encontrarnos; la memoria es un punto de conexión vital en un país lleno de duelos.

Así concluyó este encuentro donde lo introspectivo fue palpable y nutricio. Las prácticas lectoras cotidianas, ancladas a lo territorial y a lo íntimo fueron las protagonistas, se cruzaron en el espacio como relato y como imaginario compartido. El cuerpo entendido como la primera interface receptora de los discursos literarios donde los universos propios se revelaron como dispositivos de memoria al servicio de prácticas expansivas de LEO. Ese primer lenguaje del cuerpo se reconoció como la primera lectura de la experiencia, el centro de un universo narrativo potencialmente fantástico.

Horizontes y desafíos

El taller dejó flotando una certeza: la mediación de lectura no ocurre solamente en la voz que lee ni en el ojo que recorre las páginas, sino en el cuerpo entero que vibra con la palabra. Para las prácticas de LEO, esta experiencia abre una oportunidad profunda de renovación: integrar la memoria corporal, el gesto, el silencio y el sonido como dispositivos legítimos de mediación.

Las bibliotecas desde esta mirada pueden transformarse en territorios donde no solo se prestan libros, pueden ser recintos donde se activan recuerdos, se tramitan duelos, se tejen herencias y se alojan sueños, y estos tienen el mismo peso en la experiencia lectora que puede tener habitar las páginas de un libro.

El desafío es grande. Implica tensar la tradición escolar que ha separado mente y cuerpo, texto y emoción. Implica también sostener espacios donde la intimidad no sea vulnerada, donde el silencio no sea impuesto sino elegido. Nos queda la pregunta de cómo llevar estas prácticas a la cotidianidad de la mediación sin que pierdan su potencia simbólica, sin que se vuelvan receta o formato vacío.

Quedan abiertas preguntas necesarias: ¿cómo facilitar estos ejercicios en contextos de dolor extremo?, ¿cómo cuidar los cuerpos que recuerdan?, ¿cómo traducir esta experiencia a públicos diversos sin homogenizar las emociones? Lo que el taller nos ofreció no fueron respuestas cerradas, sino una brújula sensible.

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