Orientó: Juan Fernando Jaramillo. Doctor en Filosofía, maestro en Literatura y en Filosofía y profesional en Estudios literarios.
Relatoría: Katherin Julieth Monsalve. Periodista con experiencia en docencia, educación popular, talleres de escritura creativa y de introducción a la lectura.
El corazón de este taller se encuentra en las palabras iniciales de Juan Fernando Jaramillo: “Durante algunos años, me he dedicado a pensar en esta idea del cuerpo, un asunto que es tan incómodo muchas veces, tan complicado de pensar. Hoy la idea es, precisamente, que lo pensemos desde lo incómodo, vamos a pensar cómo habitamos esta piel y a preguntarnos si finalmente el cuerpo es solamente la piel que habitamos”.
A partir de esas múltiples significaciones del cuerpo, Juan Fernando también propone preguntarnos por las relaciones que pueden hallarse entre el amor y la palabra, y “qué significa que el amor se extinga”. Ante la pregunta, sobre qué es el cuerpo, David Bolaño, estudiante de periodismo, habló sobre el cuerpo como universo, “creo que cada uno es un mundo inexplorado, cada uno tiene el deber o el placer de conocerlo”.
Ángela Cardona, profesora de Lengua Castellana y estudiante de Bibliotecología, compartió una experiencia conmovedora luego de escuchar una lectura que trajo el tallerista: “Por muchos años fui misionera y estuve con mi cuerpo tapado por un hábito, y creo que por todos esos años no tuve muy buena relación con el cuerpo. Y para mí, desde hace seis años que salí de esa comunidad religiosa, ha sido toda una experiencia poderme comunicar con mi cuerpo, encuentro que es algo maravilloso que me permite sentir, a través del cual me puedo comunicar con los demás”.
La primera lectura del taller fue un fragmento del libro Voto de tinieblas del escritor colombiano Rodrigo Parra Sandoval, acerca de la historia de una monja de clausura a finales del siglo XIX, que sale de ese lugar cuando inicia el siglo XX:
“Dándole vueltas a estos asuntos, he descubierto que tengo varios cuerpos: el cuerpo sin historia de la infancia en el que casi nada se ha escrito; el cuerpo herido de la esposa adolescente, breve, fulgurante, trágico, necesitado; el cuerpo casto, cristianamente negado de la viuda durante varios años en el Convento de las Monjas Hospitalarias, un cuerpo enamorado en diversos momentos de hombres diferentes, pero que comparten algo que puedo llamar esencial, esencial para enamorarme de ellos, particularmente de uno, tal vez el menos indicado pero al que más amé profundamente.
Ese es mi cuerpo, un cuerpo maltratado por la estéril lucha política de la isla, un cuerpo consumido por un infierno sensual durante una década, el cuerpo deshilachado de una monja casi anciana, aunque todavía exultante de energías y de ganas de vivir; cuerpo que ahora observo desnudo en la soledad del Torreón. Todos esos cuerpos viven en mí simultáneamente como si fuera todos ellos aún, como si yo fuera una multitud de cuerpos, porque soy la niña y la joven inexperta, y la esposa fallida y la monja adolescente que desea, y la monja adulta que ha tenido que imaginar para poder sobrevivir, y que ha escrito notas y capítulos enteros de historias en el cuerpo de cada una de las mujeres que ha sido para crear una memoria espuria de hechos que no ha vivido; se puede entonces comprender la dificultad que tengo para llegar a un acuerdo conmigo misma sobre cómo organizar y transcribir lo esencial del torrente de palabras que he escrito durante treinta años de clausura y de encierro en las tinieblas. Soy, esencialmente, un manojo de contradicciones que aspira al orden, aunque sé que el orden me aniquilaría.
He anotado de manera intuitiva historias que se refieren a diferentes temas en distintas partes de mi cuerpo: cabeza, tronco y extremidades, como enseñaban los textos de anatomía humana que usaba en la escuela. Conservar esta forma inicial de organización de las historias me salva del caos: en la cara y el cuello están las historias de mi infancia y mi adolescencia, los mapas y el cárnico amor de mi padre y el esposo que tuve en el siglo. En los hombros y en las axilas, en los flancos del tronco, las historias de la oscuridad conventual en compañía de las monjas hospitalarias. Y en la espalda y en los glúteos los fallidos intentos de curar la viruela con la medicina herbolaria. En el pecho, los senos y el vientre las dislocadas aventuras de José Leopart, la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. En el brazo izquierdo he escrito las narraciones sobre la memoria, la muerte y la escritura efímera de los estudiantes de la isla. En la pierna derecha la martirizada odisea en el prostíbulo interior y el papel de la risa en la construcción del sentido de la vida. El cuerpo femenino como arquitectura de la narración, ¿de qué otra forma puede escribir una mujer?”.
Más adelante, Juan Fernando contó que este tipo de monjas de clausura solo salen del convento cuando mueren. Las reflexiones que plantea la protagonista del libro son alrededor de un cuerpo que ya no es, negado a muchas experiencias, pero que tiene una historia para contar, y en este punto es donde el cuerpo y la palabra comienzan a entrelazarse.
Los niveles de la corporalidad y su literalidad
Después del silencio producido por la lectura, Juan Fernando propuso una actividad: “Vamos a hacer lo que hizo la narradora de este libro. Quiero que cada uno haga la silueta de su cuerpo”. Mientras los asistentes realizábamos los dibujos, hablaba de los conceptos de intracuerpo y extracuerpo planteados por José Ortega y Gasset: “eso que nosotros entendemos como el cuerpo en realidad está compuesto por dos dimensiones. Resulta que el concepto del extracuerpo es el cuerpo en el plano de lo físico: la piel, el riñón, el pulmón, la neurona; y la otra dimensión, el intracuerpo, es otro lugar al que no podemos acceder desde el plano de lo físico: los sentimientos, las sensaciones, el que podamos oler algo, el que podamos saborear algo”.
Después nos pidió que escribiéramos dentro de la silueta, en el intracuerpo, las palabras con las que nos relacionamos con nuestro cuerpo, y que describiéramos cómo lo habitamos. A continuación, dijo que anotáramos por fuera de la silueta, en el extracuerpo, los discursos que culturalmente han hecho que los cuerpos hagan, digan, piensen y sientan. Esta primera parte del taller nos permitió reflexionar sobre los condicionamientos que existen acerca del cuerpo, de ahí la pregunta que planteó Juan Fernando sobre la literalidad de la corporalidad, debido a la comprensión de las dimensiones otorgadas, buscadas o impuestas sobre el cuerpo.
Para profundizar en el entendimiento del lugar de la literatura a la hora de narrar la experiencia del ser humano a través de su cuerpo y del relato histórico que pesa sobre este, Juan Fernando leyó un fragmento de El cuarto de atrás de la escritora española Carmen Martín Gaite. Narra la historia, en primera persona, de una mujer después de la dictadura española que comienza a preguntarse por su identidad:
“Lo más excitante son las versiones contradictorias que constituyen la base de la literatura; no somos un solo ser, sino muchos; de la misma manera que tampoco la Historia es esa que se escribe poniendo en orden las fechas y se nos presenta como inamovible; cada persona que nos ha visto o ha hablado con nosotros alguna vez guarda una pieza del rompecabezas que nunca podremos contemplar entero. Mi imagen se desmenuza y se refracta en infinitos reflejos: estoy volando sobre los tejados de la mano de una amiga que ya murió y, al mismo tiempo, avanzo por un pasadizo junto a la hermana del hombre de negro, de la que no me acuerdo en absoluto; claro que era un sueño, pero en algún momento soñaría ese sueño, tal vez echada en esta misma cama, desde donde ahora contemplo la cortina roja con el corazón en ascuas, esperando que vuelva a oírse la voz que me ha traído estas historias descabaladas, con la sed de quien las completa”.
Después de la lectura, Juan Fernando añadió: “Ahí es cuando nos empezamos a preguntar: ¿qué es lo que ocurre cuando el amor empieza a extinguirse? ¿Qué nos queda? La palabra. Nos queda la posibilidad de nombrar esto que somos”. Si somos un rompecabezas armado por las visiones ajenas, entonces para qué la palabra. Quizá sea para darle un lugar a esa multiplicidad presente en el intracuerpo y extracuerpo, para dejar una memoria única de la historia de nuestro cuerpo y todos los relatos que lo conforman.
El deseo y lo abyecto
El tallerista propuso mirar las siluetas y buscar cuáles de las palabras ubicadas en el intracuerpo y el extracuerpo estaban relacionadas con el deseo. Luego habló del concepto abyecto: lo despreciable, lo vil, el lugar donde se ubican los límites entre la belleza y la fealdad, y con esa claridad, pidió que buscáramos cuáles eran las palabras que vinculaban lo abyecto con nuestras siluetas. Finalmente, se ponderaron las relaciones entre el deseo y lo abyecto, para comprender que esto último también hace parte de esa construcción histórica sobre la propia corporalidad.
Las palabras nos permiten, al igual que las mujeres protagonistas de los textos citados durante taller, cuestionar los entramados sociales y culturales creadores de la relación con el cuerpo. “Es importante plantearse cuáles son las preguntas que nos han atravesado respecto al cuerpo. ¿Qué es lo que hacemos cuando el amor se extingue? Y cuando hablamos del amor, hablamos de las formas del deseo y de las formas de lo abyecto, porque en lo abyecto también hay amor, porque nos recuerda la finitud y nos nuestra propia condición. ¿Qué hacemos cuando el amor se extingue? Hablar, desde la palabra, desde la pintura, desde el baile, desde la fotografía, desde las redes sociales, y finalmente comprendemos que cada momento, cada persona, cada grupo, cada comunidad, tiene preguntas particulares pero que hablan para todos y para todas”, dijo.
Tanto la actividad como las reflexiones planteadas por Juan Fernando y las personas presentes son pertinentes para los mediadores de lectura porque les lleva a conocer cómo están armados esos rompecabezas humanos que llegan a las bibliotecas o a los espacios de lectura. La primera historia que debe leer cualquier persona es la de su cuerpo.
El taller comenzó con un sonido familiar, una voz daba vida al poema Cicatrices de Piedad Bonnett, que se abrió paso por el salón como una respiración lenta. Antes de cualquier definición, o de cualquier consigna, el verso dejó caer su verdad sobre cada asistente: las cicatrices primero duelen, luego adornan y, a veces, trascienden para convertirse en una memoria expandida del cuerpo.
Manuela Correa, la tallerista, llegó al encuentro como quien abre una puerta sin hacer ruido. Su trayectoria cruza la creación artística, la pedagogía y el trabajo con memoria corporal. Habla con la serenidad de quien ha aprendido a escuchar antes de nombrar. “Cada elemento de la experiencia vital atraviesa el cuerpo”, dijo, entonces fue palpable su pasión por traducir emoción en imagen y cuerpo en relato.
La jornada convocaba a hablar no solo de lectura, sino de cuerpos, memoria y marcas desde las que cada persona puede enunciarse o leerse. El objetivo del taller era justamente ese: explorar la mediación lectora como una práctica que no ocurre únicamente en la mente, sino también en la piel, en el estómago, en la garganta, allí donde las emociones hacen ruido.
En tiempos donde la lectura corre el riesgo de volverse cifra, indicador, estadística, este espacio propuso volver al pulso vivo de la experiencia. Pensar la mediación como un ejercicio sensible, territorial, encarnado; una práctica donde leer, crear y recordar se funden en una sola vibración.
Desde esta perspectiva, las bibliotecas se revelan no solo como contenedoras de libros sino como cámaras de resonancia de las memorias individuales y colectivas, donde cada cuerpo a su vez es una biblioteca humana.
El cuerpo como archivo sonoro de la memoria
Desde el inicio, la idea atravesó el encuentro como un bajo continuo, una vibración que esperaba el momento adecuado para aflorar. Las cicatrices son la muestra más evidente de que algo nos pasó. Juliana Muñoz Toro lo dijo con una imagen precisa: “Las cicatrices son patrones propios, hacen que el cuerpo no se aplane”. Liliana Rendón, una de las participantes del taller, añadió otra resonancia: hay cicatrices que se cuentan desde la infancia hasta la muerte; algunas se esconden, otras se exhiben porque narran una historia.
Así, el cuerpo apareció como un archivo vivo donde el dolor, la ternura, el miedo y la alegría hacen su inscripción para narrar a quien lo habita.
Traducir un sentimiento en algo visual fue el primer acto creativo del taller. “¿En qué parte del cuerpo se guardan los recuerdos?”. Entonces comenzaron a sonar los primeros ecos íntimos. Manuela invitó a pensar dónde se sienten las emociones, el dolor de estómago, las mariposas, el nudo en la garganta. Las manchas, los tatuajes, las marcas: todo es cuerpo que recuerda.
Yis Gallego habló de la sopa de guineo que la devuelve a la guardería. Luckas Perro nombró el olor ajado de su abuelo, Magda Sánchez recordó las carreras, los brincos en la acequia, los diálogos inventados con sus hermanos. Alba León evocó el cloqueo de una gallina parturienta que se levanta a cobijar sus pollitos; hoy, al recordarlo, su cuerpo entero tiembla. Verónica habló de los sánduches en triangulitos en casa de su abuela.
Una a una, las imágenes aparecieron: la escena del velorio, el perro de la infancia, el árbol de lima: esa naranja que llegó tarde a la repartición del sabor. La memoria empezó a sonar en múltiples registros: olor, textura, movimiento, sabor.
Crear es hacer sonar el silencio
Luego fue el momento de plasmar un gesto concreto: ubicar los recuerdos en una silueta del cuerpo, darles color, emoción, temperatura. El papel giraba como un rumor creciente. Entonces apareció la orquesta mínima del taller: el sonido de los colores vertiéndose sobre la hoja, el cuchicheo del tajalápiz rompiendo la madera, las tijeras abriendo caminos en el papel, el lápiz cayendo sobre la mesa, el estrujado del papel entre las manos. Las siluetas, que al inicio eran apenas una elipsis de lo que puede ser un cuerpo, comenzaron a llenarse de símbolos.
Veinte cuerpos creando producían un tejido sonoro que decía: aquí se está recordando.
“El cuerpo en creación puede algo que a veces olvidamos: la quietud”, se dijo al paso, citando a Spinoza sin nombrarlo: nadie sabe lo que puede un cuerpo. Ese día, se pudo habitar el silencio como un lujo compartido. La tallerista acompañó con gestos puntuales, ayudando a que la emoción deviniera en imagen, y la imagen, en símbolo. La memoria comprendida no es una cosa fija: “La memoria es una construcción en movimiento”, dijo mientras observaba crecer las formas con la paciencia de quien riega una planta.
Pero el cuerpo no es habitado solo por memorias, también lo sostienen los secretos. “Un secreto es una jaula, es un candado, es una puerta cerrada”, afirmó Manuela. En ese momento el cuerpo volvió a ser mapa: ¿dónde se ubica?, ¿qué color tiene?, ¿cómo se siente? Los cuerpos se acomodaron, hubo toses, suspiros, una respiración colectiva más densa. Los lápices regresaban al vaso como si fueran a dormir.
Después, fue el turno de las herencias, y, finalmente, de los sueños: entre cada ejercicio, las conversaciones paralelas abrían pequeñas grietas por donde se colaban risas, confesiones, silencios cargados de sentido.
La palabra, el duelo y la mediación
En la socialización emergieron tensiones fecundas. “Qué chévere hacer presente cosas que se han quedado en el olvido”, dijo Alba. Por su parte, Liliana señaló que la percepción de una cambia con las edades atravesadas; el ejercicio, aunque repetido, nunca es igual. Doris López aportó una reflexión central: el cuerpo ha sido el gran ausente en la educación formal, y los procesos de mediación de lectura han revitalizado la corporalidad: “una lectura se hace con el cuerpo y con toda la subjetividad que se habita”, afirmó.
Ante la pregunta sobre cómo identificar historias y recuerdos ayuda a la mediación, surgió una respuesta casi coral: a veces somos números, a veces personas. Carolina Giraldo subrayó que la lectura opera como ejercicio de memoria que reconoce las narrativas que nos habitan, y que es en la palabra donde uno conecta con el otro. Luckas concluyó que los recuerdos flotan por capas superpuestas y que muchos están en la garganta.
Emiro Álvarez llevó la reflexión a un territorio poético clasificatorio: la vida ha sido de muchos colores; recordar también sirve para olvidar, para saber a qué lugares no se quiere volver. Hablar de tesauros arcoíris, de matices, luces, sombras, decires y sueños es, también, una manera de ordenar la experiencia desde lo literario. El encuentro cerró este eje con una afirmación poderosa: los textos son pretextos para encontrarnos; la memoria es un punto de conexión vital en un país lleno de duelos.
Así concluyó este encuentro donde lo introspectivo fue palpable y nutricio. Las prácticas lectoras cotidianas, ancladas a lo territorial y a lo íntimo fueron las protagonistas, se cruzaron en el espacio como relato y como imaginario compartido. El cuerpo entendido como la primera interface receptora de los discursos literarios donde los universos propios se revelaron como dispositivos de memoria al servicio de prácticas expansivas de LEO. Ese primer lenguaje del cuerpo se reconoció como la primera lectura de la experiencia, el centro de un universo narrativo potencialmente fantástico.
Horizontes y desafíos
El taller dejó flotando una certeza: la mediación de lectura no ocurre solamente en la voz que lee ni en el ojo que recorre las páginas, sino en el cuerpo entero que vibra con la palabra. Para las prácticas de LEO, esta experiencia abre una oportunidad profunda de renovación: integrar la memoria corporal, el gesto, el silencio y el sonido como dispositivos legítimos de mediación.
Las bibliotecas desde esta mirada pueden transformarse en territorios donde no solo se prestan libros, pueden ser recintos donde se activan recuerdos, se tramitan duelos, se tejen herencias y se alojan sueños, y estos tienen el mismo peso en la experiencia lectora que puede tener habitar las páginas de un libro.
El desafío es grande. Implica tensar la tradición escolar que ha separado mente y cuerpo, texto y emoción. Implica también sostener espacios donde la intimidad no sea vulnerada, donde el silencio no sea impuesto sino elegido. Nos queda la pregunta de cómo llevar estas prácticas a la cotidianidad de la mediación sin que pierdan su potencia simbólica, sin que se vuelvan receta o formato vacío.
Quedan abiertas preguntas necesarias: ¿cómo facilitar estos ejercicios en contextos de dolor extremo?, ¿cómo cuidar los cuerpos que recuerdan?, ¿cómo traducir esta experiencia a públicos diversos sin homogenizar las emociones? Lo que el taller nos ofreció no fueron respuestas cerradas, sino una brújula sensible.