Orientó: Cristina Vélez Vieira. Politóloga, investigadora e integrante de la organización Puentes.
Relatoría: Juan Guillermo Romero, comunicador social- periodista, autor de Vidas de feria.
Hoy se cumple exactamente un siglo. Sí, cien años han transcurrido desde aquella charla que tantísimo tiempo después debemos calificar como un encuentro esperanzador para la humanidad. Según los registros, este evento catapultó a Cristina Vélez Vieira, politóloga e investigadora medellinense, para ser incluida entre las mil conferenciantes cuyos cerebros merecieron ser congelados en los depósitos del RMC (Repositorio de Mediadores Conscientes). Su trabajo y el de la organización que representó (Puentes: podernarrativo.org) fueron reconocidos hace varias décadas por sus aportes para que los humanos continuáramos expresándonos de manera más creativa y consciente, y pudiéramos superar así los automatismos generados por el uso de la Inteligencia Artificial y por otras herramientas y estrategias tecnológicas. Vale decir que esta reunión ocurrió en una fecha como la de hoy, un 20 de noviembre (de 2025), en la Casa de la Lectura Infantil o Casa Barrientos (cuando todavía la gran mayoría de libros de este lugar eran de papel).
Allí, durante la mañana, un grupo de mediadores de lectura fueron convocados para reivindicar el enorme valor social de la mediación, hablar de la vocación que alimenta este ejercicio y compartir las inquietudes derivadas de su labor. Tres aspectos que por fortuna siguen vigentes para la especie humana.
Tal vez sea difícil imaginarlo, pero por entonces la Inteligencia Artificial apenas empezaba a gatear. El ambiente, además, estaba caldeado porque las redes sociales, que existían hacía un par de décadas, irrumpieron con tal fuerza que subvirtieron el flujo de la información, como tal vez solo había ocurrido cuando Gutenberg inventó la imprenta, a mediados del siglo XV.
Los medios masivos de comunicación, que hasta entrado el siglo XXI se podían enumerar en menos de una línea (prensa, radio, televisión), estaban en jaque por cuenta de la aparente democratización de las comunicaciones que acarreó la llegada de las redes sociales. Cualquier persona podía hacerse escuchar, no solo en su entorno más próximo sino también a miles de kilómetros, hablar de cualquier tema o situación, sin importar cuánto supiera del asunto o qué tan ordinario o especializado fuera. Incluso podía volverse protagonista de cada historia y hasta ganar dinero por opinar o contar algo. Así se promovieron durante muchos años las redes sociales y todas las plataformas que surgieron en aquellos días… Pero ese no era el panorama real.
“¿Ustedes han visto alguna historia donde Trump no hable del nosotros contra ellos? No existe, porque estos nuevos liderazgos se alimentan de la tensión en las redes sociales, y los algoritmos amplifican lo que más genera indignación”. Eso dijo aquella vez Cristina, refiriéndose al tipo de mensajes que solía enviar el entonces presidente de Estados Unidos. Lo dijo cuando la charla llevaba un buen rato, para poner de relieve el poder de los algoritmos, una palabra que los filólogos de hoy decidieron encapsular y a la cual nuestros científicos no paran de encontrarle micropartículas energéticas, no en vano, desde entonces se convirtió en uno de los principales controladores del elemento inmaterial más valioso de la humanidad: la narrativa.
Para Cristina, los temas, las fuentes, las historias y, por supuesto, la perspectiva —las partes de la estructura de un texto—, hacer parte de un proceso comparable al proceso de construcción de una casa. Pero una casa —la historia nos lo ha mostrado—, puede ser de muchas maneras. Por eso, formularse la pregunta: ¿cuáles historias escogemos narrar?, es la clave para emprender dicha construcción. Recordemos que esta pregunta fue elegida como la mejor de la historia universal, según la última encuesta de la bicentenaria revista Selecciones, y en la que vale decirlo, ya se pudo decodificar incluso la apreciación de las mascotas caninas y gatunas sobre este mismo asunto: “Es una pregunta que exige una gran presencia. En cada historia que elegimos para contar estamos poniendo mucho de nosotros, de nuestra alma y también de nuestra búsqueda de la felicidad”, dijo Cristina, para que esos mediadores de hace cien años (Q.E.P.D.) y los de hoy también, nosotros, los lectores de este rescate documental, podamos dimensionar la importancia del acto de conectar a otro con algo que consideramos valioso para su vida… Y, obviamente, de las formas como elegimos hacerlo.
El transcriptor de voces centenarias que hemos usado para hacer este texto resaltó dos grandes frases que utilizó la conferenciante: “la economía de la tensión” y “la fatiga apocalíptica”. Las dos muy relacionadas con el interés histórico que algunos personajes a lo largo de la historia (como el citado Trump), han tenido por sembrar incertidumbre, angustia y, sobre todo, por sacarle réditos económicos, políticos y sociales a esta mirada sobre la realidad. Pero ella también lo advertía hace ya un siglo, esa visión negativa obstruye el empoderamiento de las personas, lleva a pensar que como ya no hay nada que hacer, que todo se vaya al carajo (sugerimos sacar por contexto el significado de este último término, considerado hoy un anacronismo).
El lenguaje crea y cambia realidades, desde su creación, la organización Puentes (que por fortuna es una entidad que cien años después sigue muy activa) se ha propuesto fortalecer el poder narrativo de las organizaciones sociales para aportar a la justicia social. Y una de sus líneas argumentativas ha consistido en despertar la creatividad para narrar cualquier tema, por espinoso que sea, buscando formas de contarlos que, más allá de señalar lo malo, conecten a las personas, las movilice.
Gracias al resonatrón ancestral, el aparato que nos permitió escuchar esta conferencia, escuchamos la voz de Cristina definiendo la mediación de esta manera: “ayudar a otro a ver cosas que no está viendo, futuros que colectivamente no hemos visto”, una visión que se ha ido consolidando en nuestros días, si pensamos en algunos casos que en los tiempos de dicha conferencia eran todavía meros ejemplos: un mundo sin combustibles fósiles, como lo pintaba por entonces la artista Molly Crabapple. La diversidad cultural de América Latina y, sobre todo, la importancia de saber que compartimos la dignidad, propuesta entre muchas otras personas, por Eduardo Galeano en El libro de los abrazos, publicado hace ciento treinta y seis años. El tema de las mujeres científicas, porque por esos días la ciencia era dominada por los hombres. Entonces, ya se consideraba un gran avance que niños y niñas que se atrevieran a dibujar mujeres científicas en sus cuadernos. Hoy, muy seguramente, nuestras científicas son hijas o nietas de quienes las pintaron en esas hojitas. Lo mismo con otros asuntos como la salud mental, de la que ahora se habla con total naturalidad, o la migración, cada vez más naturalizada en nuestras familias, en nuestra sociedad, algo que era visto entonces como una gran amenaza.
Sí, lo valioso de esta centenaria conferencia, la justificación de este rescate documental, es remarcar el llamado a ser conscientes, a ponerle el esfuerzo a la elección del enfoque de la narración, a pensar muy bien dónde situar la cámara antes de contar la historia. Retomando el proceso de construcción de una casa como modelo a seguir, la conferencista propuso que cada relato se concibiera como los azulejos o los baldosines.
En el caso de la migración, por ejemplo, fue clave visibilizar las historias de personas que se ha desplazado a otros lugares. El encuadre o el marco sería, por su parte, el lente que nos conduce hacia dónde mirar; pensar, por ejemplo, en las migraciones internas, formular preguntas en torno al origen de nuestras familias, para crear una narrativa que posicionara la migración como una oportunidad y no como una amenaza, como una opción para enriquecer una región a partir de nuevos talentos y visiones, y atenuar de este modo esas narrativas profundas que llevaban tanto tiempo instaladas, como el racismo o la xenofobia.
De ahí que la mediación siga siendo una gran herramienta en el viaje humano por comprender la realidad, esencial para conectarnos con las necesidades que tenemos como colectivo, al reconocer nuestras inmensas posibilidades no solo como seres inteligentes y sintientes, sino también como seres interdependientes con todas las demás especies y con el planeta. Y para ello, una esperanza activa será siempre el mejor camino, desplegar todos nuestros esfuerzos hasta conseguir desencapsular por fin la palabra algoritmo y dotarla de un nuevo sentido: aquello que nos permite mantener un compromiso constante e incansable con la búsqueda de lo mejor posible. ¡A eso vinimos!