Carta por Juliana Muñoz Toro

Sé que aguardas a veces en pasajes oscuros con un farol entre las manos. Es la lumbre de otras vidas, otras voces, otras épocas. La llama se mueve adelante y atrás; es pasado, presente y futuro, un tiempo sin afán, que lo contiene todo. Ya sabes de qué hablo: con las páginas abiertas parece un pájaro pintado por un niño.

A veces esperas a que llegue un navegante a este faro. Otras, eres tú quien busca. Es casi una labor de Cupido. “Pero el amor, esa palabra”, no hay otra forma de nombrar lo que se siente cuando uno ha caído en el jardín de las letras.

Leer es justo como caminar por un sendero que nos pide cada sentido para ser apreciado. Leemos con cada parte del cuerpo. Hacemos gestos, probamos posturas, metemos la nariz entre las páginas para encontrar su esencia, cargamos el peso perfecto de un ejemplar de bolsillo. Leer nos exige algo más que interpretar y visualizar; nos pide también que contemos una historia. No me refiero a la que está escrita, sino a la que surge cuando entendemos cómo encaja en nuestra vida. Somos nosotros, lectores y lectoras, quienes decidimos qué nos identifica, qué subrayamos, qué sensación queremos recordar cuando hayamos pasado por el punto final. Esa escogencia revela qué nos conmueve, qué nos da curiosidad, qué nos emociona o nos entristece. A algunos nunca nos dijeron que la lectura puede ser un lugar incómodo y que eso también está bien.

Hay un diálogo entre tú y lo que lees (o lo que das de leer). Quien lee no es un receptor, es un creador que se desplaza con sus cinco sentidos por este llamado jardín. Lo que leemos y cómo lo leemos transforma nuestra mirada y, en consecuencia, nuestros actos. Es decir, cambia nuestro destino. El mundo no es lo que nos pasa por encima sin que tengamos control alguno. Es lo que percibimos y lo que hacemos con eso. El mundo es el relato que nos contamos de él.

Y para contarnos buenas historias, hay que leer buenas historias.

Quien media la lectura es, como la palabra lo indica, un puente. Un puente entre los hechos y la imaginación. Es decir, lo que esos hechos pueden llegar a ser. La posibilidad. Ser puente, farero, o Cupido, no siempre ayuda a entender ese cruce de mundos. Hace algo más valioso: abre un espacio para preguntarse cómo es posible que… o qué pasaría si en cambio… Las preguntas encienden la búsqueda, invitan al movimiento, incluso en la quietud, aunque suene contradictorio. Las verdades únicas, como las dictaduras, obligan a la inercia, a la despersonalización.

Muchas veces las madres y las abuelas son ese primer puente. Hoy en día, por fortuna, hay hombres que entienden que su voz también es abrigo. Se comienza la labor en el arrullo; puente de la noche y sus sueños. Seguirá la viva voz con los cuentos que escucharon en su propia infancia y les cambiarán algunos detalles para que sean historias vivas. No me queda duda de que así lo oral es literatura. Leemos porque supimos escuchar. 

En mi memoria, las historias son esa voz que luego se fue transformando en hojas de letras e ilustraciones tan maravillosas que me daban ganas de recortarlas y guardarlas bajo mi almohada como si fueran Quitapenas. Recuerdo las manos de mi madre. Sus dedos repasando cada sílaba para que yo también pudiera leer. Por eso leer es compañía. La de un cuerpo amado. La de las criaturas que habitaban bosques fantásticos. Leer me hizo sentir parte de un universo, no necesariamente de este.

Habrá quienes nos acusen de vivir en una entelequia. Sin embargo, la ficción es verdad en cuanto refleja parte de lo que somos y cómo pertenecemos a algo más grande. Lo imaginado es una construcción de lo colectivo hecho desde lo más personal. Si nace en nosotros, ergo existe. Al nombrarse, al leerse, al transmitirse y al convertirse también en la historia del otro, esa llamada ficción se renueva. No tiene fin. Leer es conservar una memoria en la que no solo hablan humanos, sino que contiene el lenguaje de los animales, las plantas, las rocas y hasta de los objetos. La materialización de las ideas, como un libro, un bordado, una pieza musical, un baile, nos permite verlas, interactuar con ellas.

Mediar la palabra, en especial con todo el cuerpo, le da un ánima.

Aquí, suya,

Juliana Muñoz Toro.

Juliana Muñoz Toro.

Escritora y artista textil. Ha escrito varios libros entre literatura infantil novela y ensayo narrativo. Su más reciente publicación es Los hilos perdidos, publicado este año por Tusquets.

También puedes leer