Carta por Darío Jaramillo Agudelo

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Antes de que existiera la escritura, ya la poesía llevaba entre los hombres el mismo tiempo la existencia misma de las palabras.

Porque la poesía no es cosa distinta al poder de alucinación que tienen las palabras.

En muchos relatos de la creación el lenguaje llega a ser anterior a los lenguajes que utilizan los hombres entre sí, llega incluso a ser anterior, sí, a todos los hombres: para referir sólo la tradición judeo cristiana de la que somos hechura, en el principio era el Verbo y el Verbo era Dios.

Aún más, en la tradición budista también el silencio es parte de Dios, un Dios que se reserva las palabras para alucinar y para demostrar con el sonido, que su verdad más esencial es el silencio. Si todo fuera silencio, no podría sentirse cómo se siente cuando también existe el verbo. Cuando el silencio se rompe, lo primero, antes que nombrar —el oficio final del lenguaje— las palabras nos llevan a la alucinación y son mucho más que ese disfraz que se ponen para trasmitir significados: son la esencia misma de ese Dios que, desde el vacío, se identifica con el Verbo.

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Por otra parte, lo que le añade el adjetivo de ‘racional’ a ese animal bípedo sin alas que es el hombre, es el uso de las palabras como medio de comunicación, primero —en su función más utilitaria—. Curiosamente esa bestia verbal como más hermosamente puede manifestar lo más hermoso de su animalidad es valiéndose de las palabras: es ahí donde surge la poesía, cuando las palabras, además de significantes, muestran toda su potencia emocional, toda su visión totalizadora, toda su capacidad de embriagarnos de placer con su sonido alucinante.

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Antes del alfabeto, antes del registro escrito, antes de que el hombre pudiera leer, el hombre ya cantaba, ya musitaba un sonido que podía ser el desfogue de una pasión amorosa, o el asombro ante la belleza del mundo, la belleza del amanecer, la efímera plenitud de una flor. También ese canto podía ser el elogio del guerrero o la lección de la siembra y la cosecha que dejaron los primeros agricultores.

Todo cantando o pronunciando sus estremecimientos con voz quebrada o plena.

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Después vinieron los alfabetos iconográficos o graficando los sonidos. Y una de las cosas que más pronto registraron los primeros calígrafos fueron las letras de los cantos que antes, en la época de las ágrafas, se trasmitían por tradición oral.

La constancia escrita de la poesía heredada por tradición oral no hizo más que revelar aún más su misterio. Así, silenciosa, puesta sobre el pergamino o la piedra, luego impresa sobre el papel, la poesía conservaba su misterio, su poder de encantamiento, su secreta manera de inducir la embriaguez o el asombro.

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La gran paradoja de las palabras consiste en que ellas son el instrumento para enunciar los misterios, las revelaciones, los encantamientos. Pero, a la vez, ellas mismas, de por sí, son un misterio. Es casi seguro, me atrevo a la herejía, que sólo cuando calla, Dios es Dios. Que el Dios que habla lo haga sólo para mostrar su poder. Y que la generosidad máxima de ese Dios que es verbo y silencio, es permitirle a ese bípedo sin alas que use las palabras, que alucine con ellas.

Y hay otro milagro. Que cuando ese animal dizque racional aprende a escribir las palabras, sus lectores pueden sentirlas con toda su fuerza poética.

Como una muy voluble manifestación del Verbo, el Verbo con mayúscula, quien lee un poema sólo lo lee una vez. Una vez absolutamente única en cada ocasión que lo lea. Cuando vuelve a leerlo, ya el lector no es el mismo y el texto cambia de sentido.

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Con esta lectura que hago se puede llegar a conclusiones nada ortodoxas. La primera, la más verdadera, es que el único género literario que existe es la poesía. Una novela es arte, es literatura, solamente en la medida en que pueda trasmitirnos emociones poéticas.

Darío Jaramillo Agudelo.

Poeta, novelista y ensayista colombiano. Es abogado y economista, licenciado en la Universidad Javeriana de Bogotá. Desempeñó importantes cargos culturales en organismos estatales y fue miembro de los consejos de redacción de la revista Golpe de Dados y de la fundación Simón y Lola Guberek. Ha recibo numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio de Novela Corta José María de Pereda (2010), Premio Nacional de Poesía (2017), Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca (2018) y Premio León de Greiff (2025).

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